Un poco perturbado e inquieto, miraba a la sociedad con despecho y arrogancia, le producía vomito el pensar, el sentir y el oler la inmunda que lo encarcelaba.
Caminaba sigiloso por las calles vacías, la gente putrefacta se jactaba de su manera de vestir, y el sudor que escurría por la frente marchita de un muerto en vida.
Decepcionado de la sociedad, se dirigía a la soledad, un sueño único, una vida excluida de la realidad, recreando fantasía y agobiante hostilidad.
La gente reclamaba y se alborotaba en las noticias, queriendo llamar la atención, prestar su conocimiento para instruir al que se creía salvaje, tratando de convertir la piedra en oro.
El silencio se postergo cuando las personas atacaron el santuario que se había creado, aquel donde su único castigo era el mismo, haber conocido lo que nunca debió de cuestionar.
Todos asombrados observaron la locura de un ser que pareciera que provenía de otro planeta, pero físicamente semejante a cualquiera, un locura de la que no se conocía la palabra.
Los ojos se llenaron de miseria, tirándose al suelo, flagelándose, eliminando los pecados, con agua y dolor, la sangre que escurría, y el pensamiento de misericordia.
Fue el espectáculo de los morbosos, se convirtió en el circo de los pobre, y en el deleite de los bien acomodados, todos querían sentir, pero nadie podía entender.
Todo termino con la ultima gota de sangre, su cuerpo como péndulo trazaba líneas y sobras bajo los pies, y con un ultimo suspiro, todos regresaron a la vida que conocían, sin haber comprendido, los actos sucedidos.
Edgar Ortiz Beltran
17/08/11
Edgar Ortiz Beltran
17/08/11
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